Empezando por el final
· Es muy posible que estas palabras constituyan el final de las actuaciones y los escritos sobre el contencioso de Gibraltar que han ocupado una parte no desdeñable de mi vida. El lector que se moleste en recorrer las partes de esta web podrá ver que siempre he sostenido, a contracorriente de lo considerado políticamente “correcto”, el derecho de los gibraltareños a decidir de su presente y de su futuro y la necesidad de que el Gobierno de España accediera a entablar negociaciones directas con los representantes de la población del Peñón para encontrar solución a las quejas de una y otra parte en un clima de amistad y cooperación. Parece que esta ha sido finalmente la opción del presidente Rodríguez Zapatero y de su ministro Moratinos.
· Indudablemente, la rotunda frustración de las expectativas suscitadas por Aznar ha contribuido a este resultado. Nunca en tres siglos, con una excelente sintonía política y personal entre los jefes de los gobiernos español y británico, habían parecido los hados más favorables a la satisfacción de la vieja reivindicación del nacionalismo español. Y sin embargo, al final de la era Aznar, todo seguía igual. · Henos aquí pues ante el comienzo, todavía tímido, de la anhelada era de entendimiento hispano-gibraltareño. No negaré una cierta complacencia por cuanto los acontecimientos parecen darme la razón. Pero tampoco ocultaré un cierto desencanto en relación con un punto que yo consideraba de extrema importancia para la aplicación de la nueva política, y que se resume en la siguiente consideración que presenté al Sr. Moratinos lo mismo que a sus antecesores:“…habría que poner mucho cuidado en no presentar la introducción de un nuevo clima de sosiego y convivencia pacífica como obra de un solo partido, sino de un consenso lealmente alcanzado entre las diversas fuerzas. Están en juego intereses importantes de España y de la comunidad internacional en la generación actual y en las futuras, y el tema no debe utilizarse como arma para la lucha entre partidos.” · No ha sido así, con el consiguiente peligro de que la alternancia de partidos en el gobierno lleve más pronto o más tarde a un nuevo bandazo de nuestra política, en este como en otros asuntos. Toquemos madera.
·
Es probable, en todo caso, que esta web –cuyos
juicios, apreciaciones, propuestas y orientación general siguen siendo
vigentes– ya no se renueve, y quede como documento para la historia.
Mayo de 2005
Gonzalo Arias
Presentación
Que nadie me tome por fatuo; pero, aunque sea como fatuo, permitidme que también me gloríe yo un poco [...] En cualquier cosa en que alguien presumiere -es una locura lo que digo- también presumo yo. ¿Que son hebreos? También yo lo soy. ¿Que son israelitas? ¡También yo! ¿Son descendencia de Abraham? ¡También yo! ¿Ministros de Cristo? -¡Digo una locura!- ¡Yo más que ellos! Más en trabajos; más en cárceles; muchísimo más en azotes; en peligro de muerte, muchas veces. Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé náufrago en el mar. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez.
(2 Corintios, 11, 21-27)
Este sitio web es una insensatez consciente y deliberada. Insensatez por su contenido, como se verá, si se toma como criterio de lo sensato aquello que la gran mayoría de las personas normales piensan y hacen. Insensatez por la pretensión de que una voz aislada y sin apoyos de partidos, organizaciones ni grupos de presión pueda ser escuchada por quienes con altas responsabilidades políticas y desde posiciones ideológicas muy distintas bregan con un problema pronto tricentenario. E insensatez, en fin, por atreverme a parangonar mi risible insensatez con la heroica insensatez del gran Pablo, a quien pongo en frontispicio.
La política española frente a Gibraltar ha sido objeto de mis desvelos, continuada o intermitentemente, desde 1973, año en que, aguijoneado por el pensamiento de que ante cualquier conflicto uno no debe adoptar un criterio firme antes de escuchar y meditar los argumentos de una y otra parte, decidí visitar el Gibraltar entonces sometido al bloqueo franquista para conocer y escuchar a los gibraltareños. Aquel primer contacto me confirmó lo que sospechaba: el grave error humano, ético, económico y político que era la hostil política española basada en un reivindicacionismo nacionalista trasnochado. De ahí nacieron artículos, libros, charlas, y también acciones y aventuras. Mirando ahora atrás, me permito remedar a Pablo de Tarso, por supuesto riéndome de mí mismo y con plena conciencia de que mis afanes y desventuras se parecen a los suyos como el estornudo de un niño puede parecerse a uno de esos huracanes devastadores que los meteorólogos personifican aplicándoles nombres caprichosos.
En cualquier cosa que los del ¡Gibraltar español! presumieren -es una locura lo que digo- también presumo yo. ¿Que son españoles? También yo lo soy. ¿Son herederos de Isabel la Católica o de Felipe V? ¡También yo! ¿Ministros y representantes de España? -¡Digo una locura!- ¡Yo más que ellos! Más en trabajos; más en cárceles; más en golpes y sinsabores; en peligro de muerte, una o dos veces. Muchas veces fui multado y conducido a prisión; una vez naufragué (en la bahía, tras una visita al Peñón en bote neumático de remos en compañía de un alemán y un británico). Viajes frecuentes; peligros de salteadores en despoblado (en las afueras de Tánger, recién expulsado de Gibraltar y antes de ser readmitido a los cuatro días por sabia rectificación del Gobierno gibraltareño); peligros de mis compatriotas; desconfianza de los yanitos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; ayunos voluntarios de varios días; frío y desamparo.
Algo sobre historia reciente
Prescindiré de recordar la historia de Gibraltar, que doy por conocida en sus grandes rasgos. Este espacio electrónico es muy personal, ya lo veis, así es que los antecedentes que voy a evocar se refieren básicamente a mis vivencias personales.
El cierre de la frontera de Gibraltar, en ejecución de la política reivindicacionista trazada por el ministro franquista Castiella, tuvo lugar en 1969. Había de durar 13 años.
En marzo de 1975, todavía en pleno franquismo, la revista El Ciervo de Barcelona se atrevió a publicar un primer trabajo mío titulado ¿Reconciliación con Gibraltar? Yo mismo llevé unos cientos de ejemplares al Peñón, que se vendieron en un santiamén.
Mi primer libro y mi primera acción en favor de una política de reconciliación datan de ese mismo año. No daré ahora detalles de la acción, que despertó simpatías pero también incomprensión y suspicacia en ciertos sectores gibraltareños. Tiempo habrá de volver sobre ello, si este espacio encuentra lectores interesados.
El libro -Gibraltareños y gibraltarófagos con el ejército al fondo. Apuntes de un aprendiz de no-violento- no pudo venderse legalmente en España, como es fácil suponer. En la biblioteca de la Escuela Diplomática hay, según me dicen, un ejemplar con numerosos subrayados del propio Castiella. Pero por supuesto no influyó en la política de ninguno de sus sucesores al frente de la diplomacia española.
Así eran los viajes a Gibraltar de los activistas no violentos...
... y así los vio en 1979 un dibujante del periódico local ÁREA.
Cuando lo escribí, yo me había significado ya -desde 1968- como aprendiz de noviolento, entre otras cosas pidiendo públicamente elecciones a la Jefatura del Estado y apoyando la entonces incipiente objeción de conciencia a la mili. En la introducción decía que el pensamiento ambicioso de que la noviolencia está en condiciones de ofrecer nuevos enfoques que abran perspectivas hasta ahora no tomadas en consideración, es lo que me ha movido a hacer varios viajes al Gibraltar semibloqueado, a buscar el diálogo con gibraltareños representativos y a escribir ahora este libro. Después de una primera parte de análisis y crítica de La tesis oficial española y de una segunda titulada En busca de otros puntos de vista, exponía mi visión del asunto bajo el título Hacia un enfoque noviolento. El análisis de los factores históricos, jurídicos, económicos, sociales y humanos me llevaba a distanciarme del patriotismo legalista y geográfico. Reproduciré tan sólo unos párrafos de las páginas finales:
No soy el primero en lamentar la obsesión de nuestros gibraltarófagos (y también, por reacción, de no pocos gibraltareños) por el concepto de soberanía. Este afán de plantear el problema dentro de unos esquemas de derecho internacional llamados a periclitar no puede facilitar la solución.
¿Qué es, en fin de cuentas, la soberanía? La afirmación por un grupo humano (Estado, nación, pueblo, ciudad) del derecho a hacer su real gana dentro de ciertos confines geográficos, sin dar cuenta de sus actos a otros grupos. Un concepto que siempre ha sido egoísta, antisocial, y un obstáculo para la convivencia; pero que lo es mucho más en este tiempo en que el mundo se nos queda pequeño, en que todos dependemos de todos. Ningún poder político es hoy realmente soberano: ni lo es España, ni lo es Gran Bretaña, ni mucho menos puede serlo Gibraltar.
El día en que el concepto de solidaridad prevalezca sobre el de soberanía, el día en que nuestros diplomáticos y juristas pongan menos empeño en colgar etiquetas añejas a situaciones vivas y abiertas al futuro, habremos dado un gran paso.
El librito terminaba diciendo que, igual que el primero de los que publiqué bajo la inspiración de la noviolencia, era a la vez un programa y una invitación a la acción. Quedan existencias para bibliófilos amantes de rarezas.
Hasta septiembre de 1982, en decir en vísperas de la reapertura de la frontera, hice 27 viajes a Gibraltar si no yerro en mis cuentas. De ellos, unos 20 los inicié, solo o acompañado, en las playas de La Línea navegando en botecito neumático de remos. Para el regreso, unas 12 veces escalé la cancela española cerrada de la verja fronteriza, asimismo solo o acompañado, a la luz del día y previo anuncio, como actos deliberados de protesta y denuncia de un bloqueo injusto y perjudicial para todos. Dos de estos actos, en 1979 y en 1982, tuvieron especial resonancia por el elevado número de militantes noviolentos que participaron, venidos de varios puntos de España y, en el segundo caso, también de Francia, Italia, Alemania, Países Bajos, Reino Unido e incluso de allende el Atlántico. Ello nos valió -a mí más que a mis compañeros- conocer por dentro en más de una ocasión, bien que brevemente, las cárceles de Jerez y de Algeciras. (Quiero hacer constar incidentalmente que el trato dado por la Guardia Civil a los militantes noviolentos, salvo excepciones lamentables, fue en general correcto e incluso cortés; se notaba que nuestros argumentos y nuestra actitud les hacían mella).
Los saltos de la verja fueron el aspecto lúdico y espectacular de la campaña por el levantamiento del bloqueo y la reconciliación. Paralelamente utilicé la palabra en charlas, reuniones, cartas, artículos, etc., tropezando repetidamente con un muro de silencio y de desdén por parte de la gran prensa y de las autoridades.
En diciembre de 1982 el primer gobierno socialista, recién llegado al poder, llevó a cabo una apertura de la frontera que ya había estado preparando el anterior gobierno de UCD. Fue primero una apertura sólo peatonal, que se ampliaría más tarde.
Sobre aquella apertura incompleta escribí en abril de 1983 las siguientes palabras, que esencialmente conservan su vigencia 18 años después:
¿Podemos sentirnos satisfechos los noviolentos, como artífices o promotores en alguna medida de una nueva política más humana de cara a Gibraltar?
Una primera respuesta que no profundizara demasiado sería positiva. Se ha abierto la frontera: eso era lo que siempre habíamos propugnado. La palabra reconciliación, que nosotros empezamos a utilizar desafiando reticencias y malentendidos, es ahora de uso corriente. Las poblaciones yanita y linense se han reencontrado, no ha habido los incidentes que muchos temíamos por parte de los ultras de uno y otro lado, y menudean cada vez más los contactos culturales, deportivos, etc. En nuestra prensa es cada vez más raro el comentario agresivo, la exaltación patriotera ignorante de las realidades sociales, que antes dominaba de manera absoluta. Todo esto colma nuestros deseos, y nos alegramos de haber contribuido a esta evolución.
Una segunda respuesta, tras un análisis más detenido, moderaría mucho nuestro entusiasmo. Desde que en 1973 empezamos a ocuparnos de este asunto, la verdad es que no hemos alcanzado la mayoría de los objetivos en que habíamos puesto nuestra ilusión: ni hemos podido crear una biblioteca española en Gibraltar como prenda de amistad, ni hemos suscitado en La Línea un movimiento inspirado en nuestros planes noviolentos, ni hemos desarrollado la Operación Antiverja soñada, que era aquélla en que debería haber una presencia masiva de linenses. Añádase que las sugerencias que presentamos a los ministros de asuntos exteriores de UCD fueron olímpicamente desdeñadas (cosa que no era de extrañar) y que no parecen haber corrido mucho mejor suerte las que hemos hecho llegar a los líderes socialistas.
Parecería que la apertura parcial de la frontera llegó porque tenía que llegar, por la fuerza de las cosas, por puro fracaso de la política de enemistad, pero no porque la hayamos reclamado nosotros con libros, artículos, ayunos, recogidas de firmas, saltos de verja... La prueba es que la apertura que ha llegado se parece poco a la deseada por nosotros. Nosotros soñábamos con un gesto que marcara el comienzo de una política exterior radicalmente innovadora: una política con menos invocaciones a España y más atención a los españoles, menos obsesionada por el Peñón y más interesada por sus habitantes, menos respetuosa de los tabúes de la estrategia militar mundial y más dispuesta a no dejar escapar oportunidad alguna de promover la desmilitarización... Una política, además, que permitiera aplicar a Ceuta y Melilla todo lo que se dijera sobre Gibraltar; que terminara con la esquizofrenia que nos hace ser anticolonialistas a este lado del Estrecho y colonialistas al otro, o -si se prefiere- antidemócratas a este lado y demócratas en la otra orilla.
¿Fracaso, pues? Sí, en cierto sentido. Podemos decirlo sin amargura; más bien con una punta de ironía. Grandes fracasos fueron también las vidas de Tolstoi, Thoreau, Gandhi, Martin Luther King... y naturalmente Jesús de Nazaret. La noviolencia debe contar con este fracaso. Personalmente, algunas veces he pensado que mis memorias de aprendiz de noviolento podrían titularse un día Historia de mis fracasos.
Pero cabe una tercera respuesta: remitirse al futuro. Lo que nosotros hemos querido hacer -y creo que no lo hemos hecho mal- es formular un programa noviolento para un problema concreto y mostrar con el ejemplo que se puede avanzar en la ejecución de ese programa. Si en nuestro caminar no se nos acompaña como quisiéramos, tengamos paciencia. Lo importante es que el programa exista, para que a su calor puedan madurar las conciencias de cuantos más tarde o más temprano han de comprender que el futuro, si existe, sólo puede ser de la noviolencia.
Por todo ello he pensado que quizá sea el momento, aprovechando las nuevas técnicas de comunicaciones de masas, de apelar de nuevo a la opinión pública.
Hasta aquí, el repaso rápido de lo que he hecho. En otras secciones irán los argumentos para propugnar una política diferente de la seguida hasta ahora, y alguna cosilla más.
Gonzalo Arias
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ENLACES A:
- ¿Utrecht?, no gracias
- La trilogía Melilla, Ceuta, Gibraltar
- Alegato por un Gibraltar gibraltareño
- El uso del Aeropuerto de Gibraltar
- Ecos reivindicativos
- Voces sin prejuicios
- Y dale que dale (Perseverancia versus Obstinación)
- ¿Para qué esta WEB?




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